Jugar con presión alta exige mucho desgaste y conlleva cierto riesgo, porque hay mucho espacio a la espalda de la defensa.
Pero presionar al rival justo después de su salida de balón también tiene algunas ventajas. Así, tras una recuperación, el camino hacia la portería rival ya no es largo y el rival tiene menos tiempo para volver a organizarse de forma compacta. Además, al rival le queda poco tiempo para una construcción del juego controlada, por lo que a menudo se ve obligado a despejes sin control o se ve envuelto en duelos muy dentro de su propio campo.
Pero la intensidad que exige la presión alta no se debe subestimar, por lo que conviene aplicarla solo según la situación.
Por ejemplo, justo al inicio del partido o cuando hay que remontar un resultado adverso. Pero la presión alta situacional también es una opción en determinadas situaciones de juego:
- Un defensor rival recibe el balón de espaldas a la dirección de juego.
- Hay que controlar un pase elevado, p. ej., un balón alto de un central al lateral alejado del balón.
- Un pase impreciso en la construcción del juego.
- El rival tiene un saque de banda en su propio campo.
Si la presión se aplica de forma continua durante un tiempo, se puede distinguir entre la presión alta orientadora y la presión alta sobre un jugador objetivo.